Inmateriales. Jesús Soto, un homenaje
3 de julio al 1 de octubre de 2023
“La creación artística es una fuerza que debemos conducir de preferencia hacia la exploración del espacio… del universo… de realidades infinitas que nos rodean y de las cuales tenemos apenas conciencia…”, con esas palabras, Jesús Soto (Ciudad Bolívar, 1923-París, 2005), describió la filosofía que como artista definió su ruta, hasta convertirlo en el genio universal que cumple en este 2023 cien años.
En el Centro Cultural nos unimos a la celebración a nivel mundial del centenario de Jesús Soto con la exposición Inmateriales, donde tendremos la oportunidad y el privilegio de disfrutar en una misma sala de extraordinarias obras de este ilustre artista que nos permiten entender su visión e interpretación de la luz, piezas que poseen la capacidad de representar en una superficie bidimensional un espacio tridimensional de formas geométricas y colores, con la intención de expresar de forma artística y visual aspectos científicos que fueron parte de su investigación, que tenía como objetivo principal, encontrar el canal para vincular la percepción del espacio en el cual vivimos, con sus espectadores.
Jesús Soto logró así que sus propuestas conquistaran el respeto y la admiración dentro y fuera de nuestras fronteras, creaciones de un prestigio y valor para el mundo del arte y la cultura que hoy en día representan un orgullo para todos los venezolanos. Sus obras –que trascienden y que han sido expuestas en los museos más importantes del mundo como el Tate Modern de Londres, el Museo de Arte Moderno de Nueva York, el Centro George Pompidou de París, entre otros–, son claras evidencias de la grandeza de su legado artístico.
Este Centro Cultural se siente honrado y agradecido muy especialmente con Isabelle Soto, hija del artista y Presidenta de la Fundación Jesús Soto, por haber acogido con entusiasmo nuestro proyecto expositivo. También agradecemos a la Corporación Digitel y a su Presidente, Luis Bernardo Pérez, cuyo compromiso con la cultura en nuestro país se alinea con el nuestro, al querer mostrar a las nuevas generaciones el valor de los artistas venezolanos que, como Jesús Rafael Soto, han dejado una huella en el arte universal.
Con esta celebración, continuamos entregados al compromiso de seguir contribuyendo a las artes en Venezuela con la pasión que nos caracteriza.
María Beatriz Hernández de Vargas
Presidenta Ejecutiva
Centro Cultural BOD
Con esta exposición titulada Inmateriales / Jesús Soto, un homenaje, el Centro Cultural BOD busca rendirle homenaje a uno de los más significativos artistas venezolanos del siglo XX en el primer centenario de su nacimiento. Este gran artista, en efecto, conformó sus obras en torno a una convicción central: la idea de que el universo, tal y como nos permite concebirlo el desarrollo de la ciencia moderna, no es una realidad estrictamente material, como lo pensaron durante siglos la ciencia y la filosofía occidentales, sino un orden en cuya intimidad rigen fuerzas electromagnéticas y que, por ello mismo, son fundamentalmente inmateriales.
Que lo que vemos —lo duro y lo blando, lo sólido y lo líquido, lo claro y lo oscuro— a la escala macros cópica que es la nuestra, no es sino la consecuencia de fuerzas invisibles e inmateriales que rigen el mundo en su intimidad, y que un arte de nuestro tiempo debía de alguna manera buscar las vías para hacerlas, sino visibles, al menos concebibles, integrándolas al imaginario y la sensibilidad contemporáneas.
De allí que, desde 1950, Soto haya centrado sus estrategias estéticas en torno a la búsqueda de situaciones vibratorias y de cuerpos por así decir virtuales; esto es, como entidades que no responden a la idea habitual de objetos ocupando simplemente un espacio vacío, sino como realidades por así decir “sustentadas” por fuerzas inmateriales, consecuencia emergente de esas fuerzas y no simples cuerpos compactos. Al hacerlo, además, Soto le dio cuerpo visible —fueron el equivalente estético— de las esperanzas de un pequeño país que soñó con ser moderno, organizado y limpio, morada de ciudadanos que gozaban de un considerable bienestar material y espiritual. Sus obras, pues, no solo materializan un concepto nuevo, y moderno, del mundo, sino que acompañaron a la nación donde había nacido (Venezuela) en sus esperanzas modernizadoras, en su deseo de alcanzar un desarrollo físico, político, social y cultural, a la par de las grandes naciones democráticas de Occidente.
Soto representa, por ello mismo, la forma estética más acabada que hayan podido adquirir entre nosotros los proyectos de modernización característicos del siglo XX. De allí que esta exposición se piense no solo como un homenaje a la obra de un gran artista en el centenario de su nacimiento, sino también como recordatorio de las esperanzas que guiaron la acción de los venezolanos durante casi un siglo de vida ciudadana.
En el plano estrictamente museográfico, la exposición cobrará la forma de un contrapunto entre un conjunto significativo de las obras producidas en diversos momentos de su carrera, especialmente aquellas donde se haga visible la voluntad de construir cuerpos aéreos, objetos que son más una consecuencia de las relaciones establecidas entre los diversos elementos que las constituyen, que cuerpos en sí independientes. Formas que no podemos aislar en el espacio, porque perderían toda consistencia e incluso, sencillamente, dejarían de ser lo que son, o lo que aparentan ser ante la mirada de sus espectadores.
Ariel Jiménez
Curador
Los inmateriales de Soto Jesús
Una forma abstracta de la alegoría.
Las obras presentadas en esta exposición pertenecen todas a lo que podríamos llamar el Soto maduro o “clásico”. Un artista que ha conseguido dotarse de un conjunto de herramientas formales y de lenguaje (la repetición, la superposición, la vibración óptica) y que ha creado ya una serie de familias plásticas (las varillas y las tes vibrantes, los volúmenes virtuales, los penetrables, extensiones y progresiones), a partir de las cuales pretende pensar las realidades que le inquietan: la naturaleza energética e inmaterial de la materia, la energía como constituyente esencial del universo, el espacio como plenitud, el tiempo como vector de lo real.
Ahora, para comprender estas obras en su génesis y en su manera de operar, para apreciarlas, en fin, habría que comprender primero de qué proceso son el resultado y, por otra parte, qué es lo que ellas pretenden decirnos. Porque esos cuerpos que vemos en el espacio, atravesados en cierta forma por él como “esculturas” de un género particular, proceden en realidad de la pintura. Son el producto de un cuestionamiento del pintor sobre las posibilidades y límites del medio que emplea. Son, por eso mismo, resultado típico de una pintura llamada moderna que, retada por medios entonces nuevos –la fotografía y el cine– en su capacidad para reproducir la imagen óptica del mundo, trabajada por los descubrimientos científicos que fueron paulatinamente revelando cuanto de lo real existía más allá de lo visible, de lo sensible incluso, buscó los medios para hablar de ese mundo que sabemos existe, pero que no podemos ver, ni hacer ver. ¿Cómo, en efecto, representar la energía y su realidad inmaterial si no por los cuerpos que mueve, los efectos que produce? ¿Cómo reproducir sobre una tela la infinita realidad de hondas inaudibles e invisibles que pueblan el universo? ¿Cómo hablar, desde las dimensiones medibles, materiales de una obra, de esa naturaleza inmaterial de un mundo que, a nuestra escala, nos parece sólido y compacto?
Esas “esculturas” de Soto son pues el fruto maduro de una práctica pictórica que asumió como un hecho que esas realidades no podían ser representadas, imitadas sobre una superficie plana, y que antes de pensar siquiera en hablar de ellas, en sugerir al menos su existencia por los medios que fuera, la pintura misma debía repensarse en sus funciones y en su estructura interna. A partir de 1950, con sus primeras experiencias abstractas, Soto se propone hacer de su pintura ese objeto, esa realidad plástica capaz de poner en juego (y no de representar) los “valores universales” que son para él la energía, la materia, el espacio-tiempo. Partiendo de las experiencias de artistas como Piet Mondrian, Kasimir Malevich y László Moholy- Nagy, llega por fin a una pintura que se abre al espacio y que busca producir “situaciones vibratorias” con las herramientas que son las suyas: el cuerpo material de la pintura, el color y la forma.
El pasaje de piezas como Pintura serial, 1952-53 a Metamorfosis, de 1954, es en este punto ejemplar. Lo que vemos en la primera es la organización serial y repetitiva de triángulos de color formando bandas que se organizan en el espacio como el arcoíris en el cielo. Los triángulos mayores indican además una dirección, con lo que ya nos hablan de la luz, es decir, de una forma de la energía moviéndose como ondas en el espacio. Y esas ondas no sólo ocupan toda la superficie de la obra, sino que se presentan de manera tal que sugieren la continuidad indefinida (y esto tiene su importancia), fuera de los límites materiales de la pintura, de lo que allí se nos muestra.
En la siguiente pieza, Metamorfosis, todo parece suceder como si esas ondas que en Pintura serial atraviesan la superficie de arriba hacia abajo moviéndose hacia la izquierda, se dirigieran ahora hacia el espectador, lo que obliga a buscar los medios técnicos susceptibles de indicar su progresión fuera de la pintura. La transparencia del plexiglás, duplicando el plano pictórico hacia delante, indica ahora la orientación de ese flujo de energía que viene de la pintura y se dirige hacia nosotros, y entonces nos muestra círculos de luz –como soles decía Soto– que parecen presentársenos perpendiculares al plano, y no de lado, como en la pieza anterior. Y esos f lujos se materializan por medio de diferentes cuadrados superpuestos, pero cuadrados que no son opacos como el cuadrado negro sobre blanco de Malevitch, sino transparentes, y no solamente porque sean figurados sobre un plano de plexiglás, sino porque ellos mismos son ya el resultado de una serie de cuadrados negros y de puntos blancos repetidos de manera sistemática. Son pues pinturas que intentan decirnos algo, que buscan hablarnos de realidades que no podemos ver, o que en todo caso no podemos ya aprehender como la silla y la mesa sobre el fondo de la tela, como situaciones paralelas a lo que observamos en el mundo cotidiano, sino como realidades “sugeridas” por la pintura; es decir, como fenómenos que por existir fuera de lo habitualmente perceptible, no pueden ser figurados directamente por ella. Y si el artista recurre a esas organizaciones extremas de la forma y el color donde el ojo produce ilusiones ópticas, es precisamente porque eso de lo que intenta hablarnos existe más allá de lo visible, al borde, al extremo de lo figurable.
Ahora, claro, hay quienes en su incapacidad de ver más allá de lo que se figura realmente en la tela (en este caso puntos y cuadrados repetidos sistemáticamente), pretenden que esa pintura no hace más que producir efectos retinianos, como si algún curioso dispositivo tuviera en ellas la virtud (en verdad impensable), de detener el proceso de la visión humana antes de que los estímulos Pintura serial, 1952-53, provenientes del exterior pudieran siquiera llegar al cerebro, deteniéndose en la retina.
El problema a la evidencia es otro, y es que este tipo de pintura exige de nosotros que aprendamos a ver “entre” las formas, que nos hagamos sensibles a lo que sucede “a partir de ellas”, a lo que surge del curioso e inesperado orden que les ha dado el artista. Y en este sentido, las obras de Soto funcionan como una forma particular, porque abstracta, de la alegoría y/o la metáfora. Si alguien, por ejemplo, enfrentado a una alegoría de la justicia, se sorprende e incluso se indigna porque el artista ha representado a una mujer hermosa, delicada y desnuda, con los ojos vendados, llevando en su mano derecha una espada y en su izquierda una balanza, y argumentara que se trata de una imagen absurda puesto que con los ojos vendados nadie pudiera servirse de los instrumentos que tiene en sus manos, todos de inmediato le diríamos que el problema no reside en la imagen, sino en la lectura que él intenta hacer de ella. Porque esa mujer vendada, su cuerpo grácil y los instrumentos que lleva consigo, no deben –no pueden– ser leídos en función de lo que una imagen así representaría en la vida de todos los días, sino justamente a partir de lo que esa “absurda” organización de elementos pretende decirnos: que la justicia es como una hermosa mujer (porque nada es más bello que lo justo) que tendría en sus manos el poder de la espada y la balanza, y que con ellos dispensaría justicia de manera ciega, es decir, sin tomar en cuenta las apariencias y las estrategias de poder, si no en función simplemente de los hechos, de la verdad escueta y desnuda. Pues bien, así son las obras de Jesús Soto, así funcionan, y debemos aprender a verlas como una forma especial de la alegoría, no deteniéndonos en los efectos ópticos a los que recurre en su intento por decirnos algo, sino yendo más allá, haciendo el esfuerzo necesario para comprender la naturaleza “conceptual”, invisible y por lo tanto infigurable de realidades como la energía, un campo magnético, el espacio-tiempo, fundamentos inmateriales de todo lo que existe.
Tomemos ahora una rejilla de puntos o cuadrados como las que se observan en Metamorfosis y proyectémosla al espacio, perpendicularmente al plano. ¿Qué formas podríamos obtener si no justamente sus Progresiones y Extensiones, Formas virtuales, Penetrables o no? Esos volúmenes que se erigen en el espacio surgen –emergen– de la acumulación de cuerpos opacos, pero no son como ellos masivos, y vibran ante la mirada de todo aquél que se desplace ante ellos. Y eso es justamente lo que Soto busca: que percibamos cubos, pirámides, esferas, formas, en fin, pero que nos aparezcan como entidades vibrantes, campos de fuerza, masas sonoras congeladas, auroras boreales, nunca como cuerpos compactos. Esas especies de “esculturas vibrantes” de Jesús Soto no son pues sino una proyección espacial de la pintura, de una pintura que se ha impuesto la tarea de decirnos, de sugerirnos, que la materia y todo lo que existe, desde los inmensos astros que pueblan el universo, hasta el más diminuto insecto, son extrañas configuraciones de la energía en el espacio-tiempo, fugitivas organizaciones que por un instante solamente se oponen a la entropía.
Ariel Jiménez
Jesús Soto
Nacido en 1923 en Ciudad Bolívar, Venezuela, Jesús Rafael Soto es uno de los principales representantes del arte cinético, un arte plástico que introduce el movimiento real en la estructura interna de la obra.
Desde muy temprano, en 1947, Soto se interesa por el arte geométrico y el constructivismo, conceptos que entonces se hacían eco desde Europa. En 1950, siendo Director de la Escuela de Bellas Artes de Maracaibo e intrigado por las obras de Malévich y de Mondrian, recibe una beca de estudios y se muda a París, animado por su amigo, el pintor venezolano Alejandro Otero. Allí se encuentra con algunos coterráneos, algunos de ellos parte del grupo de Los Disidentes y asiste a conferencias de León Degand en el Atelier d’Art Abstrait. Muy pronto expone en el Salón de Réalités Nouvelles y conoce a Yris Clert, Dénise René y Vasarely, así como a Yves Klein, Jean Tinguely, Pol Bury y Daniel Spoerri. Contribuye a la eclosión del movimiento cinético al participar en la exposición intitulada El Movimiento en 1955 en la Galería Denise René. También participa en exposiciones del Grupo Zero con quienes comparte su investigación sobre la noción de inmaterialidad.
Desde sus inicios Soto intenta ir más allá de la representación bidimensional de las formas geométricas con el fin de introducir el movimiento y la vibración óptica utilizando el método de la repetición.
En 1953 explora la tridimensionalidad al superponer dos placas de plexiglás pintadas que parecen animarse con el movimiento del espectador. Siguiendo este mismo procedimiento, Soto realiza en 1957 sus primeras obras intituladas “Vibration”, obras constituidas de marañas de hilos de metal y de materiales que consigue en la calle colocados sobre una superficie estriada en blanco y negro, la trama, creando así el efecto “moiré”. Soto va radicalizando Jesús Soto en su taller de la Rue de Turenne. París, c.1967. Foto: André Morain
y sistematizando la utilización de esta trama como soporte, superpone elementos diversos (varillas suspendidas y móviles, cuadrados de metal o elementos a los que llama Tes: pequeñas piezas metálicas en forma de T) que aparecen y desaparecen de acuerdo con el
movimiento del espectador, dejando entrever un espacio ‘intersticial’: la vibración, el vaivén de lo invisible y lo visible, de lo material y lo inmaterial.
El espectador está en el centro de la obra de Soto. En 1967 realiza sus primeros “Penetrables”, obras entonces compuestas de varillas de metal o de filamentos de nylon suspendidos en el espacio. Soto invita al espectador a penetrar, a desplazarse, a integrarse a la obra y percibir así la “materia-energía” del mundo.
«Anteriormente, el espectador se situaba como un testigo exterior a la realidad. Hoy en día sabemos que el hombre no se encuentra en un lado y el mundo en otro. No somos meros observadores, sino partes constitutivas de una realidad que sabemos hormigueante de fuerzas vivas de las que muchas son invisibles. Estamos en el mundo como peces en el agua: sin distancia de cara a la materia-energía; DENTRO de ella y no FRENTE a ella: ya no hay más espectadores, hay sólo participantes.»
En 1968, Soto realiza sus primeras exposiciones retrospectivas en la Kunsthalle de Berna y en el Stedelijk Museum de Amsterdam, en 1969 en el Musée d’Art Moderne de la Ville de Paris. Luego ex-pondrá en el Guggenheim de Nueva York en 1974 y en 1983 en el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas. Le encargan numerosos proyectos de obras públicas para el ámbito internacional, ejecutando así obras monumentales e inscribiendo su trabajo en el espacio y la arquitectura: en una de las sedes de la UNESCO en París en 1969; en el Complejo Cultural Teresa Carreño de Caracas en 1972; en el vestíbulo de la empresa Renault en París en 1975; en el Royal Bank of Toronto en 1977; en el Centro Banaven de Caracas en 1979 y en el Centro Pompidou de París, en 1987. En el año 1973 Soto construye junto con su amigo, el arquitecto Carlos Raúl Villanueva, un Museo en Ciudad Bolívar, su ciudad natal. Allí presenta una importante colección de obras geométricas y cinéticas que ha compilado en el transcurso de su vida, así como una muestra significativa de obras importantes de su autoría. Su obra suscita numerosas retrospectivas, entre las que destacan la efectuada en 1997 en el Musée du Jeu de Paume de París, itinerante durante varios años; la del Centro Cultural Conde Duque en Madrid en 1998 y Visión en Movimiento, una gran retrospectiva itinerante que se presentó en el Museo Tamayo en México, en la Fundación PROA en Argentina y en la Galleria d’Arte Moderna e Contemporanea en Bergamo, Italia en 2005.
Jesús Soto fallece en 2005 en París, a los 82 años de edad. Había recibido numerosas distinciones, entre las que destacan el Premio Nacional de Artes Plásticas de Venezuela en 1984 y el Premio Nacional de la Escultura otorgado en Francia en 1995.
En 2015 sus obras fueron expuestas en la Galería Perrotin en París y en Nueva York, así como en el Musée Soulages en Rodez, al sur de Francia. En 2019 fueron presentadas en las exposiciones realizadas en la Galería Hauser & Wirth de Nueva York y en el Museo Guggenheim Bilbao en España.
En 2023, año centenario de su nacimiento, se rinde homenaje al artista mediante numerosas exposiciones, entre las que se organizan en la Galería RGR en México, Dan Galería en Sao Paulo, la Hispanic Society de Nueva York, el Coral Gables Museum y la Galería Ascaso en Miami; en el Museo de Bellas Artes y el Museo de Arte Contemporáneo Armando Reverón, y en el Centro Cultural BOD, en Caracas.
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